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Viernes 3 de febrero de 2012
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El Bloog, por Héctor Anabitarte

opinion La crisis ya está en todas partes

 

Llegó silenciosa, con malicia, nada ni nadie la anunciaron. Los expertos no percibieron nada preocupante, tampoco lo hicieron las diversas instituciones, tan prestigiosas. Ante tanta indiferencia sólo unos pocos pusieron "el grito en el cielo".

   La crisis ahora está en todas partes y sus consecuencias son tan abrumadoras que inmovilizan, como un intenso ruido que ensordece. La crisis se ha adueñado del escenario. No hay lugar para nada más. Ya el cambio climático no figura (sinceramente) en las agendas de las cumbres internacionales y el hambre, aunque cada vez haya más hambrientos, tampoco.

Las prioridades son otras. La economía tiene que volver a crecer, se buscan nuevas "burbujas", mientras la riqueza se acumula en docenas de los llamados paraísos fiscales. El famoso paraíso de la Biblia y del Corán (es el mismo) terminó muy mal, pero en estos no hay manzanas tentadoras, sólo cuevas de Ali Baba custodiadas por expertos en lavado de dinero negro y fuga de capitales.

En 2011, en España, más de medio millón de personas huyeron del país sin mirar atrás. La mayoría, inmigrantes, que no volverán y que se llevan con ellos a los niños y niñas que tanto se necesitan para asegurar el futuro (y no sólo el de las pensiones). Pero no sólo dejan España los inmigrantes.

También se van los españoles (según cifras oficiales, en 2011 lo hicieron 60.000). Si les fuera bien ¿para qué van a volver? Quizás lo hagan para Navidad.  

La crisis vino para quedarse y los años no perdonan. La inseguridad laboral ya es algo habitual, forma parte del paisaje y se ha instalado entre nosotros como una rutina inevitable. Un millón y medio de familias (1.500.000), con todos sus miembros sin excepción, no trabaja:  unos cuatro millones de personas excluidas. A este contingente hay que sumar a los excluidos que ya existían antes de la crisis. El drama para muchos a quienes se les acabó el paro, los ahorros si los hubiera y hasta la ayuda familiar más próxima. Pero a no alarmarse y basta de lamentaciones. El sistema sigue funcionando: los ricos son cada vez más ricos y más habilidosos a la hora de evadir impuestos; los pobres cada vez más  pobres (no será la primera vez que les ocurre en el transcurso de la Historia) y en cuanto a las clases medias, ese invento relativamente moderno, despiertan asustadas de sus sueños transformados de golpe en pesadillas. Terminó la fantasía. Los recortes, verdaderas mutilaciones sin anestesia, son cosa de todos los días.  Mientras tanto pasan por un buen momento las ventas de artículos de lujo, coches de alta gama o/y bolsos dignos de una alcaldesa. Para lo superfluo no hay crisis. Los ricos (no como los pobres, tan renuentes a colaborar con la dinamización del consumo) hacen mover los engranajes de la maquinaria.

 La crisis, todopoderosa, omnipotente, impone sus leyes ajena a toda autocrítica de quienes fueron y son los causantes de la misma. Lo de la "refundación del capitalismo" fue sólo una ocurrencia para ganar tiempo. En Grecia sólo crecen los suicidios. En España, todavía no, pero la ansiedad, la depresión, los vómitos, las úlceras, los mareos, la impotencia sexual, la caída del cabello, la "mala leche", aumentan en progresión geométrica. Son los efectos colaterales de la crisis. Los que tienen trabajo, cuando enferman, lo disimulan o niegan, para conservarlo. Tienen miedo a ser castigados. No debe excluirse la posibilidad de que, tiempo al tiempo, aquellos que digan que este sistema es injusto y cruel, sean diagnosticados como afectados por alguna enfermedad o desorden mental y medicados a conciencia. Y lo peor de todo es que será cierto. Los más lúcidos suelen en estos casos refugiarse en la locura. Ya ha pasado otras veces (demasiadas) como para asombrarse  de que algunas personas al pasar junto a un contenedor no puedan resistir el deseo de mirar dentro; otras que ante cualquier cola recordarán las del INEM o/y muchas que evitarán pasar por enfrente de un banco no vaya a ser que caigan en la tentación de apedrearlo.

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